Se llama María, como todas y ninguna al mismo tiempo. Su mirada cristalina está barnizada de un azul endrina, y de ella se desprende el aroma fresco y tierno de la juventud más dulce jamás perseguida.
Muy a su pesar, se ha visto envuelta por el luto en la pulcritud de vestidos negros que, lejos de despertar condolencias, suscitan los deseos más tímidos de los hombres jóvenes y no tan jóvenes del pueblo. Su piel, blanca como las nubes, encierra el secreto de los ignominiosos encuentros de los que se hace protagonista, movida por la pasión que la embriaga, culpa de las lecturas prohibidas que roban su tiempo. En ocasiones y siempre en soledad, su espíritu risueño se ahoga en una marea de miedos e inquietudes que hacen flaquear la solidez de su apariencia.
Su felicidad se tambalea en invierno, despega con fuerza en primavera y se duerme en verano. Del otoño recibe los paseos matinales y los tonos terrosos del campo, los juegos infantiles con sus hermanos y el sabor de los caramelos de nata que vende en la panadería.
Íntima amiga de la insumisión, María representa el papel de quien se sabe abocada a la infelicidad que genera la obligación de deberse a los demás y sus caprichos, aunque para ello haya de esconder la verdadera fuerza de su interior. Esta es la historia de una mujer forrada de madera carcomida: aparentemente perfecta, pero vacía por dentro, y de sus fatigosos conflictos internos, nacidos del rechazo que le produce la sola idea de imitar una vida extrañamente familiar e impersonal: la de su madre.
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