miércoles, 14 de noviembre de 2012

Pie Forzado - "Tinta roja"


Hacía tiempo que sus piernas habían cedido al cansancio, trazando el recorrido de una cabalgata de hormigas que trepaban por su piel pellizcándole los muslos.
Se deshizo del calambre saltando, recogió el libro y arregló la cama. 
Salió de puntillas de la buhardilla, adaptando su peso en cada pisada para evitar que el crujido de la madera se chivase de su presencia. Las grietas de los tablones dejaban entrever la silueta de su madre desde el primer piso. Pobre mujer, pensó, siempre ahí sentada, sola. Sacudió enérgicamente la cabeza para borrar la imagen de una bronca inminente, pues hacía rato que sus hermanos habían salido de la escuela, así que bajó lenta y silenciosamente las escaleras, consiguiendo deslizarse por el pasillo con la ligereza de una pluma. 
Cuando llegó a la escuela, Ricardo descansaba sobre la puerta en una postura despreocupada que a todas luces se intuía forzada. La idea de otro intento por seducirla le hizo sonreír. 

- ¡Hola María! - su alegría era evidente, tanto que ella no tuvo por menos que devolverla.

- ¡Buenas tardes Don Ricardo!, venía a por mis hermanos. Ya sabe como son, hay que vigilarlos. - conocía la reacción que despertaría en un chico joven como él un trato tan formal, más aún viniendo de ella, pero era el profesor, le debía respeto y la verdad es que encontraba muy divertida la idea de contradecirle.

- Justamente acaban de irse. Y por favor, tutéame.

Ricardo había llegado al pueblo con intención de sustituir al maestro, que cayó preso de una extraña enfermedad que nadie conocía, pero pronto se ganó la simpatía de los vecinos. Fue tras la repentina muerte del primero cuando pidió el traslado. Traía de la ciudad los libros que sabía que acabarían en manos de María. Con los días aprendió a escoger bien cada ejemplar. Descartó la novela histórica, las lecturas bélicas y la fantasía. En poco tiempo transformó el único estante que adornaba las paredes del colegio en un escaparate de lecturas de dos rombos, todas escondidas, eso sí, bajo montañas de tebeos. 

- Entonces me voy, - contestó María - habrán ido a merendar... 

- Espera, - le interrumpió- hace unos días que quiero hablar contigo, ¿entramos? - el muchacho señaló el interior de la escuela.

No era la primera vez que un chico le abordaba con excusas. A María los hombres le recordaban a las crías de gato, con las que uno debe jugar sin llegar a encapricharse. 

El gesto de él había cambiado, se había vuelto serio. ¿Qué querrá de mí?, pensó. ¿Tendrá que ver con los libros que he cogido?.

- Siéntate por favor - Ricardo acercó una silla a su mesa y se sentó frente a ella -.

- Tú dirás. 

- He observado que te gusta leer... - hizo un descanso, estudiando la reacción de María que ahora se agitaba nerviosa en la silla -. ¿Me equivoco?

- No, no te equivocas. ¿Hay algún problema?

- Ninguno. Precisamente de eso quería hablar. Eres una chica inteligente, eso no es ningún problema...¿has pensado en estudiar?

- ¿Aquí?

- Sí.

- Oye Ricardo, yo no puedo ir a la escuela. Te lo agradezco pero no puedo.

- ¿Es por tus padres?, ¿Puedo hablar con ellos?

- No puedes. Tengo que atender la panadería y la casa con mi madre. Apenas tengo tiempo para leer.

- Una hora al día, solo una. 

- No puedo de verdad. Además ¿qué iba a pensar la gente?

- No tiene por qué enterarse nadie. Te daré clases sólo a ti, cuando salgan los niños, con la excusa de traerles la merienda. Puedo cerrar por dentro y nadie nos verá. Estoy seguro de que quieres hacerlo. Empezaremos de cero.

- ¿Y qué ganas tú con todo esto?

- ¿Yo? Pues...pan, por ejemplo.

- ¿Pan?

- Quiero decir que podrías traerme una barra cada día, como pago. 

- Eso es absurdo...

- ¡Y magdalenas! -Su cara dibujaba una mueca suplicante pero divertida-. Toma.

Dejó un libro sobre la mesa muy parecido al que estaba leyendo en casa. Tenía la cubierta aterciopelada, de color rojo, y en ella había bordado con hilo dorado un título: "La Señora Dalloway" a continuación de la inscripción "Virginia Woolf".

- Son todos de esta autora...quiero decir, los libros que has estado cogiendo. - María bajó la cabeza, sus pómulos se encendieron de vergüenza- .Oh, no te preocupes, no pasa nada, te habrás dado cuenta de que te he traído más. Este no lo tenía, lo saqué de una biblioteca, es un tanto complicado, profundo diría yo. Léelo, luego podemos comentarlo.

- No sé...

- No contestes ahora si no quieres. Vete a casa, lee y piensa en lo que hemos hablado. Es complicado pero merece la pena. Necesitas una pluma, todos los alumnos tienen una, yo te regalo la mía. ¿Sabes escribir, no?

- Sí. Mi madre me enseñó. Bueno, no tengo la letra bonita, pero me defiendo. Lo justo para anotar los pedidos y las cuentas, ya sabes... Me tengo que ir. Gracias por la pluma, me lo pensaré.

- Te estaré esperando.

Sin más tardanza se levantó, recolocó su vestido negro y metió el libro y la pluma en la talega donde guardaba la merienda de sus hermanos.
Podía sentir cómo Ricardo clavaba la vista en su espalda mientras salía, una mirada de ojos oscuros que brillaban ante la idea de encerrarse juntos una hora al día. Podía confiar en sus intenciones, pero sería absurdo obviar la evidencia que delataba los deseos del chico. Hacía tiempo que María rascaba la tripa del gato Ricardo...

Llevaba algo más de dos horas tumbada, inmersa en la lectura del tomo de tapas carmín, cuando la sorpresa de un garabato le liberó de su letargo literario, sacándole a rastras de una vida ajena que poco a poco hacía suya con cada página que pasaba. Alguien había subrayado una frase con tinta roja: "A través del sufrimiento se alcanza el conocimiento".

Nunca había pensado en la posibilidad de guardar una frase, quizá porque nunca tuvo los medios, así que revolvió el cajón de su mesilla, sacó su regalo y un pedazo de papel arrugado. Aquellas palabras le habían hecho pensar, quería meditarlas, que fueran lo primero que viese al despertar. Con cuidado, se agachó sobre la mesa y deslizó la punta de la estilográfica. Se preguntaba cómo escribiría la pluma de un profesor:
A   t  r  a  v  é  s   d  e ... ¿en color rojo?

- Está bien, murmuró para sí. Mañana haré magdalenas.