lunes, 22 de octubre de 2012

Escenario



 Aguafuerte de Roberto Ranz Calvo

La panadería inauguraba el frontal de la plaza, siempre abierta, perfumando sus esquinas con olor a leña y mantequilla. María salía de ella como cada miércoles, bolsa de la compra en mano, con intención de, esta vez sí, coger algo en el mercadillo. Se dirigía decidida al puesto de la fruta cuando un inesperado tropiezo le sorprendió a su espalda. !María! perdona chica, es que voy perdida, si tú supieras, la Valeria, la rarita, sí sí esa, que está preñada... qué vergüenza, ¿te imaginas?, con nuestra edad, (mirada corta al expositor) !por dios qué caras van las judías¡, ¿te lo puedes creer?, ¡qué fresca!, ¿que llevas prisa?, pues no te molesto, no olvides contárselo a tu tía, y a ver si me guardáis una hogaza para...
Las últimas palabras morían en la distancia, pues María conocía los detalles de las extensas tertulias que se iniciaban sin quererlo con Fernanda "la curiosa". 
Sin más dilación, cruzó la plazoleta circular a trompicones entre la marabunta de gente, mezcla entre vecinos y gitanos, casi en la misma proporción. El mercadillo quincenal se había convertido en el evento social más destacado del invierno, después del carnaval.
La salida del pueblo la presidía un pequeño puente romano a medio caer al que muchos temían y otros tantos evitaban, optando por rodear la villa desde la orilla opuesta. Lo cruzó rápidamente, y corriendo al galope de una urgencia incomprensible incluso para ella, doblemente extrañada por su creciente impaciencia y por el deseo de gritar que le sacudía el pecho: llegó a la montaña. 
La altura de su pequeño mirador le permitía observarlo todo con más calma, con la tranquilidad de saberse escondida...pero, ¿escondida de quién? -se preguntó-. 
Pronto lo entendió. Allí estaba, bajo los tablones de madera podrida que apenas sostenían el techo de una taina abandonada. ¿Quién construiría esta caseta?, con lo que cuesta subir hasta aquí... Su cabeza se fundía con los hombros, vencidos por el cansancio, y sus manos de porcelana caían sobre la tripa, con un gesto de recogimiento casi maternal...
¿Y ahora qué?