domingo, 7 de octubre de 2012

Vueltas y más vueltas

Hoy hemos ido al parque de atracciones, a girar en el tiovivo bajo las miradas incrédulas de los niños que sí cumplían con la estatura recomendada para montar en él. Entre el vaivén de los columpios has lanzado al aire una frase curiosa para alguien que no tiene los pies sobre la tierra: “te quiero tanto que no se cuánto te quiero”.


martes, 2 de octubre de 2012



Retrato-regalo realizado por Laura Socas
Gracias por ponerle color a mis letras

sábado, 29 de septiembre de 2012

Mike Olfield - The bell

Marina la dulce


El ruido de la lluvia le arrancó del sueño. Retiró las cortinas con una mezcla de miedo y curiosidad nocturna, y tras ella, un espeso cielo blanco marfil se mezclaba entre los truenos. Marina, quien siempre detestó el mar, tenía un nombre salado.
Bajó la cama de un salto y se plantó frente a la puerta, descalza y sin más abrigo que la  vieja camisa de algodón que había ganado en un concurso de la radio. La radio, pensó…
Corrió hacia la cocina. Sus manos trastearon entre los cajones de madera que precedían la sala desde la pequeña mesa donde desayunaba cada mañana, sin más compañía que la que ofrecen el eco del motor del frigorífico y el chirrido de una cafetera estropeada. Unos segundos y cinco cajones revueltos más tarde, Marina encontró su viejo transistor.
El tiempo se había comido el color de la carcasa, y la ruleta de la frecuencia había cedido, dejando la varilla en una emisora a medio camino entre la 90.0 y la 95.5. Las pilas desprendían un líquido ocre, óxido, pensó. ¿Cuánto hacía que no la encendía?
Marina se olvidó de la radio, como olvidó todo lo demás. Había olvidado incluso la razón por la que se mantenía erguida, descalza y a oscuras en lo que parecía ser su cocina, así que, con un sabor agridulce volvió a la cama.
La mañana del día siguiente se estrenó con el regalo de tres halos de luz que se derretían desde la ventana, iluminando un antiguo y enorme tocador de madera de roble, oscuro. Del espejo que lo completaba colgaban diminutos papeles de color amarillo que le recordaban los nombres de los objetos que allí se encontraban. Peine, crema, pastilla azul, pintalabios, pastilla roja, María, libreta, pastilla blanca y roja,…
Sus ojos zigzagueaban, reconociendo las cosas, cuyos nombres habían sido tatuados con una desagradable tinta negra sobre aquellos cuadrados de la memoria.
Si hubo algo de lo que nunca llegó a olvidarse, fue de su barra de labios carmín. Antes de lavarse la cara, cada mañana, Marina dedicaba más tiempo a retocarse los labios que a recordar, fundiendo con torpeza el color con una precisión que rozaba el ridículo. Después, se envolvía en perfume, dejando un olor afrutado mezclado con la acidez de su piel descuidada.
Sus ojos azul marino disimulaban el llanto mudo e incansable que le acompañaba a todas partes. A su mente acudía la sombra de una frase… “lo ojos lloran muchas cosas, lloran soledad, desprecios, olvido…”